Un 17 de enero en el 395 de nuestra era, Milán vio el final de Teodosio I, emperador romano apodado «el grande», quien fue el último jerarca de Roma antes de su cisma en oriente y occidente.

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San Ambrosio excomulga a Teodosio. 1619, Anton Van Dyck, National Gallery, Londres

Bajo su reinado, el Concilio de Nicea congregó las distintas perspectivas del cristianismo para ser unificadas bajo el símbolo del credo que hoy, incluso, se reza en los templos católicos.

Sin embargo, en el amanecer de su reinado, incluso, pasó por alto manifestaciones paganas, con tal de obtener el favor de la clase dirigente, aún creyente de esta religión, hasta que, por motivos políticos, se encargó de erradicar cualquier vestigio de esta creencia en sus dominios.

Más allá de templos y edificaciones, su gran destrucción vino en el 393, trece años después de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del imperio, producto del Edicto de Tesalónica, cuando se prohibió la celebración de los Juegos Olímpicos, doce siglos después de que iniciaron, dando por terminada la calendarización por Olimpiadas.

En los años posteriores, invasiones y decretos para destruir borraron la huella de estos primeros juegos, y aunque hubo eventos en siglos posteriores que intentaron revivir el espíritu de esta competencia, no fue hasta 1894, cuando Pierre de Coubertin fundó el Comité Olímpico Internacional y se coronó dos años después en Atenas para los juegos de la Primer Olimpiada Moderna.

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