Cien años de futbol argentino: gambetas, aguante, garra. Dos Copas del Mundo y un Baldomero, un Kempes y obvio, un Maradona después.

Una religión que se propagó por todo el país y que se convirtió en un elemento identitario para el argentino. Tango y fútbol son tarjetas de presentación.

Y justo en esa coyuntura se erigieron dos gigantes: Boca y River. Aunque los número dicen que son cinco, los tronos del panteón pampero visten de auriazul y rojiblanco.

1993: la Asociación de Fútbol Argentino presenta la Copa Centenario para celebrar el siglo de su fundación. El esquema era sencillo: todos los equipos que disputaban la Primera División a eliminación directa. Si ganaban, se eliminaban con sus congéneres. Del otro lado, lo mismo.

El clímax llegó con vías contrarias: River: el «Goliath» llegó como el mejor entre los perdedores; del lado de los invictos, Gimnasia y Esgrima de La Plata: un club que ganó una liga en la etapa Amateur y cuyos logros en la era profesional se limitan al subcampeonato, todos después de este torneo.

Esta final, contrario al gusto sudamericano, sólo tuvo una vuelta. 90 minutos para definir un campeón. 30 de enero de 1994.

Del lado «Gallina», nombres espectaculares: Daniel Pasarella como técnico, Goyocochea en la portería, Pablo Lavallén y Ariel «Burrito» Ortega en el once titular. Del otro lado, nombres que en aquel momento fungían más como promesa que leyendas: Roberto Perfumo en la caseta, aunque quizás se le ubique más por comentar juegos. Y por supuesto, Guillermo Baros Schelotto, previo a su época brillante con Boca.

Sin saberlo, Baros Schelotto, sentenció a su futuro gran rival poniendo la puntilla en el 3-1 que le valió a Gimnasia su único título en el profesionalismo.

Argentina es una lupa: lo grande siempre se ve todavía más grande. Incluso las caídas.

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