Así como la historia de éxito fascina por las vicisitudes que tiene que pasar un héroe para continuar en su camino a la cima, también causa morbo aquel que se quedó en el «iba, pero no fue».

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El Draft de la NFL es hoy. Hoy es la oficina la que juega. Su momento de reflectores. Cuando pueden construir a la siguiente gran dinastía o llevar al barranco a su equipo, si no es que ya está ahí.

1998. Todos los medios ponen reflectores sobre dos jugadores en particular: Ryan Leaf y Peyton Manning. Dos mariscales de campo con un pasado colegial por demás impresionante.

Leaf llevó a los Cougars de Washington State a su primer título de la Conferencia de los 12 del Pacifico y clasificarse por primera vez en casi 70 años al mítico Rose Bowl, aunque no pudieron hacerle frente a los Wolverines de Michigan.

Igual, el Trofeo Heismann, distinción colegial más importante para un jugador de futbol americano, lo dio a notar, cuando quedó tercero en la votación, sólo por detrás del All Pro Charles Woodson y de su rival, Peyton Manning.

Manning-Woodson-Leaf

Para el día del Draft, la probabilidad del 1-2 era casi un hecho. El orden era la incógnita. Colts y Cardinals tenían la palabra.

Pero los Chargers, dueños de la tercer selección, prefirieron el cambio con Arizona con tal de obtener a Leaf.

El inicio parecía prometedor: dos victorias para San Diego. Sólo John Elway lo había logrado en 1983 y la prensa pensó que los «Bolts» se habían quedado con la mejor parte del botín. Pero fue todo.

En la semana tres contra los Kansas City Chiefs sólo conectó uno de quince intentos y entregó tres veces el balón. Para la semana nueve, con sólo dos touchdowns en su haber y 13 intercepciones, Craig Whelihan tomó las riendas del equipo.

 

A partir de ahí, sólo lesiones y más frustraciones. Para el 2000, los Chargers prescindieron de sus servicios y vagó un par de temporadas más con los Seahawks y Cowboys, sellando así, el fiasco más grande en la historia del Draft en la NFL.

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