Semifinales de la Copa de Europa: 1976. Un marco en el que los reyes eran los alemanes: bicampeones con una de las oncenas míticas de su historia: Beckenbauer, Maier, Müller. Era el momento teutón. También, por cierto, campeones del mundo en su Mundial dos años atrás.

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Pero, a pesar del éxito, el Bayern no era visto como una dinastía futbolística: era pragmático. Más bien un equipo que castigaba el error del contrario que generar las propias oportunidades. Futbol rústico, le llaman.

El partido dio pinceladas de buen futbol, pero sobretodo de épica. Lluvia, de contacto, cancha lodosa.

Los «merengues» se llevaron la primer estocada en los pies de Netzer y las llegadas vislumbraban una goleada. Pero en una protesta contra Linemayr, árbitro del partido, por un tiro de esquina no concedido, el Bayern München hizo un «madruguete» y marcaron el del empate.

A lo largo del partido, el colegiado siguió con errores, notablemente un jalón en el área casi terminando el cotejo. Entonces, de la grada se desprende un individuo que rompe con la uniformidad de la masa y aunque Maier trata de agarrarlo, el fanático alcanzó al árbitro en un puñetazo, lo que abrió el debate de si el Bernabéu debería de estar alambrado como muchos otros estadios, naciendo así, el mito del «loco del Bernabéu».

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En la vuelta, la máquina teutona no encontró rival y con un 2-0 confirmaron su pase a la final que a la postre les darían su tercer Copa consecutiva.

Hoy, el Real Madrid está en la búsqueda del mismo pase para jugarse el derecho de destronar al Bayern München como último tricampeón de Europa.

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